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lunes, 6 de agosto de 2012

la felicidad




No hace demasiado tiempo (unos meses quizá), mientras tomaba un café, y le daba vueltas a las pocas ganas que tenía de ir a dar las clases de la tarde, fui feliz de repente.

Fui feliz mientras imaginaba, con detalle y delectación, en que ocuparía el tiempo que quedaba del día, en caso de no tener que ir a trabajar. Me quedaría en casa, pensé, escuchando el disco del Carnaval de Schumann, grabado por  Michelangeli que, a pesar de su valor, había adquirido hacía poco en un rastro a un precio ridículamente barato. Lo oiría con gran atención y placer; apreciaría su belleza con aprovechamiento; me dispondría así (mi imaginación se enardeció), en un estado de cercanía a la verdadera naturaleza del arte de tocar el piano, y entonces, como poseído, iría enseguida a sentarme frente al teclado, y con gran conciencia y una calma inusitada, merecida y ganada por aquella escucha y por la experiencia de años de ejercicio y reflexión, tocaría y estudiaría con la gracia por fin conquistada (¡no poseído por ella momentáneamente, no, sino habiéndola descubierto, dominado y hecho mía para siempre!), entrando por fin y para siempre por la puerta del gran Arte. Y allí me quedaría, un día tras otro, sin necesidad de tener que volver a las clases particulares ni a las servidumbres del Conservatorio. Sólo mi arte, las partituras de los grandes maestros y las salas de conciertos. Feliz para siempre, sentí, si pudiera.

Dudé, naturalmente, si ponerme falsa y fatuamente enfermo, cancelarlo todo y acogerme a ese momento de clarividencia que, mi mente insistía, sería la puerta de entrada a una vida nueva de grandeza, íntima y placentera, y con un reflejo de éxito en lo público. No podía, sin embargo, olvidar que sería hacerme trampa a mí mismo, contraer una deuda, desatender una responsabilidad  contraída. No se puede ser feliz siempre, pensé. Así que me fui a trabajar.

Me dirigí sin ganas hacia la parada del autobús, me puse los cascos y aproveché, como suelo, el trayecto hasta las afueras, para escuchar programas atrasados de Radio Clásica que siempre guardo en el móvil. En aquel día concreto elegí uno de los que Grandes Ciclos dedicó a Wilhelm Kempff. Los trayectos en autobús son especialmente propicios para la escucha atenta de la música. Y mientras recorríamos el litoral y el mar refulgía con las últimas luces (era invierno aún), y sonaba en mis oídos la maravillosa interpretación que Kempff grabó en 1968 de la Sonata nº 16 en La menor, D. 784, que Schubert escribió en 1823, advertí que la felicidad seguía, de otra manera. No había cesado el amor por la música, sólo que ahora, y temporalmente, lo estaba ejerciendo en una intimidad transitoria.



Llegué a mi destino y como tenía aún cinco minutos para la hora en que debían comenzar las clases, fumé un cigarrillo con el último sol, solo en una esquina, con Schubert aún en los cascos, y luego apagué el cigarrillo, y luego me quité los cascos, los guardé y toque el timbre. Y luego entré.

La casa estaba oscura hasta llegar a la sala donde la familia tenía el piano, y contrastaba con el brillo del sol en la calles. Enseguida me guiaron hasta allí y mientras esperaba que mi alumna bajara probé un poco a tocar algo de lo que estaba estudiando yo en aquellos momentos. La Pastoral de Beethoven, creo. La alumna no tardó en bajar y amable como es, me hizo algún elogio de mi forma de tocar, manifestando su envidia. ¡Trabaja mucho y lo conseguirás tu también!, le respondí yo, como usualmente hacemos los profesores. Se rió y comenzamos la clase. Una pequeña pieza de Haydn, divertida y juguetona en la que estábamos trabajando. Aparte de las habituales reproches, cariñosos en ese caso sobre su falta de estudio, me dí cuenta de que mi amor por la música también se manifestaba en las indicaciones que yo le hacía sobre este o aquel pasaje. Se manifestaba en explicarle como había que cantar una frase, bajar el volumen de un acompañamiento, dar sentido a ligaduras de expresión de dos notas, y todas esas cosas básicas, me dí cuenta de que disfrutaba y aprendía, y pensé en por qué luego no aplicaba yo esa sencillez, conmigo mismo, en mi estudio a solas. La clase pasó rápido, me pagaron y volví a la calle, a los cascos, al autobús. Salí, contento con el resultado de la clase y con esas cosas que yo había aprendido (recuperado sería más correcto), y la imaginación volvió entonces al sueño de ser el gran pianista, a aquello que había tenido que abandonar tras el café.  Mientras caminaba a la parada que me llevaría de nuevo a casa, pensaba en lo que había aplazado por venir y que ahora podría recuperar, sólo que no desde la escucha de un gran maestro, sino desde la experiencia con una pequeña alumna. 


Justo cuando salí, imaginando que podría ahora recuperar lo que no había podido durante el café, vi que todo el edificio se venía abajo. Una angustia, como de otro tiempo, venía a abrazarme, yo quería escapar, volver al sueño pendiente, pero al parecer, la felicidad que yo perseguía no era ahora ya alcanzable. Comencé a teorizar en mi cabeza, a defenderme de ese malestar con un edificio teórico, tomado prestado en su mayor parte del psicoanálisis. Era un algo así: "…Y luego esta el placer, que lo da el hacerse cargo. Y luego está la felicidad. Y siempre, desde que se entra en la edad adulta una falta ya imposible de llenar, pero que es la que genera la ilusión. Creo que a esto los psicoanalistas lo llaman castración, ideal, goce y placer, aplicado en un esquema que es bastante simple, y que sin embargo nos trae de cabeza a muchos UNA Y OTRA VEZ..."

En el trayecto de vuelta (aquí la escucha de música no resulta nunca tan placentera, no sabía hasta que escribo este texto por qué), ya de noche, me acordé de Horacio claro, de su Beatus ille, de Alfio, y sobre todo del final, de ese chascarrillo macabro con que Horacio acaba su poema, la felicidad es solo una ilusión con que nos engañamos, nuestro deseo es otro. Coincido con él,  y creo que con certeza, que la felicidad no es otra cosa que aquello que imaginamos que haríamos en el momento justo en que vamos a hacer otra, sea porque tenemos que admitir que no podemos hacerlo, porque tenemos que hacernos cargo de sacar nuestra vida en adelante, en cualquiera de sus formas, o cómo pensaba Horacio, porque nuestra naturaleza es otra, centrada en el primum vivere. Pero considero sin embargo, ahora, que la felicidad, es por tanto, algo que no se debe perseguir, sólo disfrutar como expresión de la vida. Y esos deseos de vida retirada, no algo que echarnos en cara, con que fustigarnos, sino la expresión de la aceptación de una renuncia.

Pensé también al llegar a casa y coger el libro de las Odas para releer el poema, en por qué no leemos más a los clásicos en vez de pensar tanto en nuestros problemas recurrentes. No leerlos me pareció entonces perder la vida. Así, sin paliativos. No leer a los clásicos es la mayor pérdida para con nuestra propia vida, sentí. Abrí el libro pero no  terminé de leerlo Me quedé, sin embargo recordando la Sonata de Schubert y el atardecer, y deje esa vida de virtud y clásicos para después. Fui feliz dejando la felicidad para un momento más propicio.




sábado, 4 de agosto de 2012

Lo que nos hemos dejado robar: la delicadeza de Annie Fischer




No hace muchos días, sentados en la terraza, mientras se ponía el sol y bebíamos bebidas isotónicas porque agosto castigaba y no había otra cosa fría en la nevera de casa, Iván me recordó la cantidad de cosas que la izquierda se ha dejado robar por la derecha. En una conversación breve pero concentrada, que naturalmente había comenzado a cuenta de la actual situación de crisis y de recortes, Iván me recordaba cómo nos han robado la idea de patria, de democracia y de otro montón de valores necesarios para fundamentar una idea pragmática de la política. Iván me recordaba a Lenin y su desbordamiento ante la realidad, teniendo que dejar lo teórico siempre para después. Iván lo explicó todo mejor de lo que hoy puedo recordarlo. Pero, aunque estoy de acuerdo con todo lo que propuso, y desde luego el saqueo en lo económico de estos apandadores que tenemos por dirigentes es abrumador, esta mañana aquella conversación aún me ronda y creo que el robo viene, para muchos de nosotros, no sólo desde lo político y lo financiero, y no ha empezado con la prima de riesgo, sino mucho antes. El robo viene desde la masa y desde las élites (que curiosamente siempre se han llevado más o menos bien, o al menos coincidido en muchos valores), y no tanto, que también, desde la derecha para con la izquierda.

Yo hoy me pregunto, mientras repaso sus palabras, y es en serio mi pregunta, si no nos habremos dejado robar también la delicadeza, como un valor necesario para la vida. Es cierto que, como escribió Rimbaud, se puede perder la vida por su exceso. Pero en este caso, éste atraco que viene desde las élites y nos ha arrumbado a ser todos un poco masa, nos está haciendo perderla por su falta. Y cada vez que quiere uno disfrutar  de algo que requiere recogimiento y verdadera atención, como es el caso de la música clásica, se ve obligado a justificarse de no haberse convertido en élite, por no ser él mismo masa.  Como si no hubiera espacio entre una cosa y la otra. El ser es existencia y no esencia, dijo Iván. No lo sé, pero nos han robado tambien la posibilidad de discutir estas cosas, de debates intelectuales (no por el mero hecho de la exhibición dialéctica), que nos ayuden a formar un relato de nuestra experiencia de vivir. Siempre hay que justificarse frente a los ataques de quienes consideran esto una pedantería. Siempre hay que reivindicar, repito, que no se ha convertido uno en un élite. Es cierto que Iván y yo pudimos mantener una conversación que alguien podría calificar de elevada y pedante, pero fue sólo una conversación entre amigos, que a mí, y creo que a él también, al menos, me sirvió.

Pero hoy no quiero hablar de eso, sólo reivindicar la admiración por esta mujer que os presento ahora, Annie Fischer, una pianista que al verla y escucharla, me hace pensar en lo que hoy en día nos falta en lo cotidiano. Nos ha sido hurtado, como la educación y las formas, y aún no hemos reparado en la cantidad de la pérdida. Saludos a todos y que lo disfrutéis. Salud.






martes, 24 de julio de 2012

¿Tiene sentido el sentido? (Richter vs Hamlet)




¿Qué sentido tiene ser pianista? ¿Qué sentido tiene interpretar música al piano? ¿Qué sentido tiene dedicar todas esas horas de trabajo, esfuerzo, frustración?

La respuesta a estas preguntas, si la hay, no necesariamente tiene que tener un valor que soporte la acción de la que hablamos, ni la identidad a la que nos referimos, ni el coste de construir y soportar esa acción y esa identidad. El sentido, que sin embargo insiste en ser contado en forma de relato, de significante no vacío de palabras en tanto significado, se me aparece (se me revela) doble, y no como conflicto, sino como dos caras de lo mismo.

Para el pianista el sentido es el camino: aprender, mejorar, afianzar la relación con el instrumento, con la música; pasar a ser familia con algo que antes era extraño, que era como con púas de erizo; relacionarte con lo que amas, vas amando y hacerte cargo de ello.

Demasiadas palabras: el camino.

Pero ¿qué sentido tiene tocar el piano? Transmitir la belleza de aquello que tocas. Convertir en materia el deseo de otro.  No hay más. Puede sustituirse belleza por arte, o por cualquier otra cosa que se considere el contenido o lo valioso de la música. Pero el sentido es transmitir desde el amor a lo que se toca. ¿A quién? A quien pueda interesar, supongo. Ser vehículo de trasmisión entre dos seres. Uno debe contar con que hay un otro que recibe, consciente de que parte del mensaje se pierde en el canal, o de que se transmite aquello incluso de lo que no se es consciente, puesto que inevitablemente el objeto musical es poliédrico, y nuestra atención solo puede estar en una de las caras, a lo sumo en dos, pero no en caras opuestas.

Demasiadas palabras: desaparecer en cuanto uno mismo, y ser transmisión entre compositor y oyente.

Resuenan ahora las palabras de Pierre Laurent Aimard, enigmáticas antes, de no limitarse, como pianista,  a seguir una tradición. Yo lo diría de otra forma, no quedarse en ser objeto de juicio, en tanto que presencia en un escenario sólo en forma de examinante o títere de narcisismos propios y ajenos. No quedarse en aspirante a la perfección, a la gracia. Como vivencia de eso que llamamos el camino es importante la tradición: los ídolos, los maestros, los colegas... pero el ritual de pertenencia no puede constituir el sentido único de una actividad. Se nos enseña sin embargo a ello desde pequeños, creo. Y se perpetúa: es esclavo, es cómodo. Pero el momento del más allá , del tocar en el escenario y defender ese deseo de uno otro para un otro (vaya lío de repeticiones y otredades) es obligatoriamente solitario. Se nos enseña también a ello desde pequeños, creo. El sentido del camino es coger, (acogerse) para dejar (entregar): pertenecer a algo que deberás abandonar, para que el amor por la música siga vivo y no se convierta en un fósil, en una techné huera, esclerotizada, por la que uno sólo puede sentir rechazo finalmente. No se puede eludir el paso por la tradición, puesto que luego no será posible construir nada sin ella. O al menos nada sólido y valioso. No se puede uno quedar conforme y escondido en ella. Charles Rosen recordaba la otra cara; cuando la gracia (uno mismo) cobra demasiada importancia, el estilo (la tradición) deja de tener valor.

 Demasiadas palabras.


domingo, 11 de marzo de 2012

bienestar en la pintura






Esta mañana hemos estado paseando por entre los cuadros de Cirilo Martinez Novillo (Vallecas, Madrid, 9 de julio de 1921 - Madrid, 15 de julio de 2008). Se expone parte de su obra, paisajes y bodegones de sus últimos años, en la  Sala de Exposiciones de La Lonja de Alicante. Su pintura es reconfortante, nutritiva, serena. Proporciona de inmediato paz e interés; ganas de adentrarse en ella, sin furor, a la distancia de la observación, siempre. Y te va llenando. Templando por dentro. Devolviéndote muy despacio a una clase de ilusión por la vida. Sin urgencia, con determinación. 

Consiste esta pintura en una depuración de la representación figurativa. Una especie de ascetismo lleno de amor y respeto por la luz, por la representación, por lo terreno, por lo íntimo. No hay fogonazo místico, sino gusto por la sustancia, desinterés por lo superfluo. No es esto el arenque de la idea con que se alimentan los fanáticos, más bien un banquete castellano desprovisto de jolgorios innecesarios. Gran número de los paisajes consisten en extensas superficies de color, con un escorzo de edificación, y dos personas, siempre dos, como fantasmales, camino del horizonte. Un mínimo de civilización al fondo entre juegos de cielo y tierra. Luz y materia.

De repente, ante uno de los bodegones mágicos de la exposición, un momento de perturbación, de oscuridad: una referencia a la realidad, no venida del cuadro, se apodera del espectador. Una ruptura del pasear estético se convierte en un adentramiento de la imaginación en el más allá del cuadro; en el inconsciente del pintor; en la referencia real del motivo.




¡Qué soledad inhabitable la de esa sala, pobre de objetos, llena de tiempo en que se ha debido realizar el trabajo físico de la obra!

El cuadro ahora está casi vacío, asustando. La realidad referida no está en el cuadro.

Una idea insistente, sencilla, antigua, viene con fuerza: la catarsis. Que es desde luego otra cosa, lo sé, que tiene que ver con lo dramático y con los fantasmas, lo sé. Pero todo el mundo cree entenderla y refiere con comodidad a esa particularidad del sitio donde se desarrolla el arte, donde tiene sentido. Quizá sería mejor hablar del estilo (no enfrentado a la gracia). Pero el pensamiento empieza a deshilacharse y desfallece pronto: qué desinterés por la explicación academica de la cosa. Mejor volver a leer a Aristóteles y ya está. Como por ensalmo la nube se cierra y estamos otra vez en el mundo de la pintura, en esa suspensión mágica que dura la contemplación.

Nos quedamos un rato más y luego salimos a la luz, de nuevo, del Mediterráneo, con sus bandas de música, sus cohetes, sus alcaldes, sus familias en bicicleta. No molestan ahora tanto, somos casi pintura nosotros un rato, en domingo y en eso nos reconfortamos.


sábado, 24 de septiembre de 2011

digresión verborrea buxtehude



Hoy, mientras cenaba con la familia, mi pensamiento estético se ha disparado.
La secuencia ha sido más o menos así: Los Simpson en la tele y alrededor de la mesa un debate sobre la influencia del modelo americano en la educación.
En seguida me ha venido la idea del modelo dominante más en relación con el canal de transmisión que con el contenido. Creo que los Simpson tienen un capítulo sobre el tema. De hecho, ellos son el ejemplo, como tantas otras series de animación americana, de que lo que pretende criticar al sistema, emitido por las vías de dominación, léase la fox, se convierte enseguida en dominante, en moda ello mismo. La crítica se ahueca por ahí. Se envilece y se desgasta.
De ahí, de ese bucle, no ha sido dificil deslizarme hacia Mcluhan, el medio es el mensaje, claro. Y en seguida al problema de la comunicación posmoderna, parecida a la mística, que pretende abarcar en un lenguaje condensado los sentidos del sentido.  Es decir, se formula de forma que quede en lo posible libre del contexto, abarcando ella misma todos los contextos. Su ambigüedad, como los adagios antiguos o las lecciones orientales es su fuerza. Me temo que en occidente, y en el periodo justo anterior a nosotros, esto era una forma de superar lo que se abrazaba, es decir la contextualización /descontextualización como práctica artística y filosófica, es decir estética.
Hubiera sido más facil decir, con claridad, que el medio importa más que el mensaje. Así todos hubieramos podido comprender la máxima y yo hubiera podido introducirla en la conversación con mi familia, sin necesidad de extenderme en pedanterías ni adoraciones místicas al lenguaje.
Cuando me he incorporado a la realidad, ellos ya estaban en otra cosa, claro. Me he acordado de Unamuno cuando dijo que lo que no significa, ya significará. Estructuralismo puro, con permiso de Humboldt. En fin. No sé por qué he pensado en esto.

Ni en Buxtehude



Parte 1


 Parte 2




miércoles, 21 de septiembre de 2011

mazurka



A veces jugamos.


Imaginamos que la música que escuchamos suena en un salón en el que acabamos de entrar. No sé si venimos a caballo o estamos en París, o vestimos polainas. Vivimos todavía en un tiempo en el que la música no puede reproducirse. Sólo puede leerse o tocarse. Pero no podemos rebobinar, aún.
El caso es que oímos el piano comenzar y parece que ya estuviera sonando desde hace un rato, lleno de melancolía, pero tambien como para llenar el tiempo de un día cualquiera, con recuerdos de un baile, de un amor, de un momento alegre.
Podemos imaginar la música llenando las estancias de una casa de campo apacible. Y enseguida esa figura obsesiva, esos acordes atacados con fuerza a los que sigue una progresión lírica una y otra vez, hasta cuatro, simples repeticiones, como el que se deleita en un baile, o como quien tira una pared a martillazos. Sabemos lo que es un a estructura ternaria, la vemos aquí: sección A, sección B contrastante, vuelta a A, lo sabemos. Sabemos que tras la bravura toca volver al principio. Pero esta pieza, que es tan pequeña que es casi un juego, un atisbo, tiene un secreto: mágicamente, una sola frase, se presenta sin acompañamiento, de la nada, como un sujeto de una fuga, o como un simple boceto. Se presenta en mitad de la obra y nos reclama. Una línea precisa; sencilla pero misteriosa, que se repite moviéndose, buscando. Duda. Es tan breve el motivo que no nos da tiempo a reconocerlo la primera vez. Enseguida se transforma y se desliza por un cromatismo que no nos deja distinguir. Y entonces volvemos a esa melodía eterna del principio, a la paz.
Pero queremos volver a ese momento de la línea sola: hemos visto a Chopin componiendo! Esta ahí! Lo hemos visto aparecer dándole vueltas a la frase que originó la pieza, allí escondido entre una sección y otra.
La musica, que es tiempo, nos ha empujado fuera de ese momento con la consistencia de la corriente de un río, a lo apacible, al recuerdo del baile, al salón. A la sección A a la que sabíamos que íbamos a volver. La pieza se despide con una cadencia mínima. El intérprete se levanta, nos saluda y vamos ya a otra cosa, canturrendo:

-re re famire la si solremi fa lasol fa do re.... ta ta tiarara ta ti ra ro to tararira ro to re..... 

El sujeto desnudo no lo recordamos, pero lo llevamos dentro. Hemos asistido a algo.

viernes, 16 de septiembre de 2011

i got you babe



Esta noche he soñado un Concierto de Mozart. No entero, sólo la exposición del primer movimiento. Era brillante, operístico, magnífico. Luego me he despertado y me he dado cuenta que era un obra que no existía, que la había compuesto yo. Pero no me acordaba.  No soy Mozart. Decía Valèry que el primer verso nos lo otorgan los dioses, luego nosotros hemos de trabajar. Esta mañana, los dioses me han regalado un verso magnífico que no sirve para nada. Y se han ido.Hermoso, pero kitsch. Entonces me he dado cuenta de que ya es Septiembre y que los días empiezan a repetirse.

Enseguida me he puesto a pensar, como siempre, en que no fumaría inmediatamente después del café. Luego del primer cigarro, mientras leia el periódico, he dedicado el tiempo a pensar en que no fumaría un segundo inmediatamente, cosa que por supuesto he hecho. Luego he pensado que no fumaría un tercero hasta después de comer.Y así.

Ha llegado el invierno. No desde luego el climatológico. Aún pican los mosquitos y se suda en las siestas, pero ya estamos atrapados otra vez en un nuevo día de la marmota. Hasta que no aprendamos a tocar el piano no podremos marcharnos. Ya tengo necesidad de exclamar, como Bill Muray:

-¿Y si no hay mañana? !Hoy no lo ha habido!




jueves, 5 de junio de 2008

poema de otro tiempo sacado de por ahí

tras un atardecer con sexo (escritura automática)

"En el momento en que la gracia adquiere demasiada importancia, el estilo deja de ser una sistema de expresión o de comunicación"


Charles Rosen

Soy dos hombres. Llueve y los primeros mosquitos empiezan a picar. Queda en la habitación algo de ese aire francés que ha sonado en el tocadiscos. Fauré, la suite Dolly para cuatro manos. Nos hemos ido entonces, abandonando la música, a la cama. Ahora está la tele con una de sus series anxiolíticas, mientras como macarrones recalentados del mediodía y pienso que soy dos hombres cuando me pienso. Quisiera el orden apacible de los días ingleses, y me agarro al deseo de las noches de aquí: secas, desiertas. Noches en vela de estudio o noches de fiesta, de gente, de borracheras. Son la misma noche estructuralista y antigua. Noche que es una alargar la posibilidad de ser o de no ser, la más hamletiana de las noches soy. Soy dos hombres, no como las tías cachondas, mandy de día mandy de noche ( o sí?) que había en las películas de videoclub. Soy dos hombres mezclados, como siameses deformes, trabados. No una cosa bien separada con su luz y su sombra, con su zona pura y su zona fangosa. Soy un palimpsesto maldito (ojalá), que no puede hacerse viejo (ojalá), porque no puede quedar en una zona egregia entresacándose de lo cotidiano (¿puede?) (no puede), de lo vulgar, del trabajo. Cuando me pienso soy dos hombres ojalá soy dos hombres cuando me pienso.

miércoles, 28 de mayo de 2008

lotte lenya


La oí cantar un día de lluvia, desde el casette de un coche, por debajo de la voz entusiasmada del conductor. No sabía donde iba él, ni de donde había surgido ella. Luego me he enterado que era la mujer de kurt weill, el amigo compositor de brecht, quizá su artífice. Tambien actriz en películas de James Bond. Merece la pena investigarla. En nuestras ciudades debería haber bibliotecas. Hubiera querido poner aquí algún fragmento de Die Sieben Totsunden. No lo he encontrado.

opiáceos

La forma espesa, casi untuosa, en que la calma se extiende por el cuerpo cuando viene de la mano del humo, de la pastilla recetada, no sé si de la aguja...
La manera lívida en que el ánimo se recoge como en una alegría, que lejos de la euforia, quiere quedarse uno para sí... A salvo de los miedos en unas imprecisas fronteras de tiempo.
Hasta que dure la dosis, quizá.
O imaginando de nuevo haber encontrado un centro desde donde la moral, el valor, el deseo, el gusto... te abran de nuevo el camino.
El sabor de la droga es el sabor del reencuentro, siempre de nuevo, en un rincón de tí. Lo que parecía perdido, apagado, insuficiente.
Veo personajes decadentes en la película Before the Devil Knows You're Dead (2007) y de repente me viene el recuerdo de los... como emplastos para la fiebre de la amargura que son las sustancias.
...el calor con la intimidad de uno
...el tiempo que pierde urgencia
...veo personajes que miran Nueva York por la ventana, esa distancia siempre.

Yonquis de lujo en una película de perdedores (dialéctica americana, que ya ha perdido su carga semántica, su extranjerismo; es banal). Claroscuros de fotografía no nostálgica. Se agradece.

El otro día mientras me afeitaba pensé /pensaba en el fin del mundo. Oía ciclones, presidentes, guerras, fin del combustible, fin de la atmósfera, el banco mundial. Obama presidente, ya se sabe, el papa negro. Quizá no pensar nunca en el apocalipsis sea un síntoma de locura, como lo sería pensarlo a todas horas.
Pensé en sacar el vioín y ponerme a tocar, como los músicos del Titanic. (da grima un poco este asunto despues de Cameron). Me imaginé el planeta yéndose a la mierda y todos interpretando. Algo de Bach, supongo. Gavin Bryars hizo algo con todo esto, me parece.
Quizá ya se ha pasado el tiempo de los opiáceos.
Se está acabando.
Hay que empezar a aprender a tocar el violoncello. Yo no lo demoraría.

Ellos ya han empezado. Aún no se han percatado de que el piano es prescindible. Ya lo harán. Saludos.

lunes, 19 de mayo de 2008

el silencio

Pretendía inaugurar este blog, con una reflexión sobre el silencio en la música, a partir de Debussy. Sin embargo, mientras buscaba un video que ilustrara el punto de partida, he encontrado otra cosa, este poco edificante retazo de realidad. Pertenece a una serie, toda ella en calzoncillos, en la que, en ese garaje acondicionado ad hoc, este hombre de mirada torva ( a mi me inquieta el grosor y posición de sus cejas), hace debussys como otros hacen bricolaje. Aunque sin duda me hace reir, me perturba más allá del chiste. Despierta mi admiración por su desvergúenza. ¿Encarna un ideal?. ¿Es esta la respuesta al envaramiento calcificado del mundo? ¿Es el moderno ermitaño? ¿Llegaría a pagar yo por ver esto? Frente al silencio, la mudez. Saludos de bienvenida.